
¿Anomia? ¿En Venezuela?
En Sociología se conoce por Anomia a la ausencia de normas en una determinada sociedad; en segunda acepción se entiende por tal a la incapacidad de las estructuras sociales de proveer a los individuos de lo necesario para alcanzar las metas sociales. En publicaciones sobre la problemática social en Latinoamérica, autores como Carlos Nino describen con mucha asertividad cómo la base de las sociedades latinoamericanas (en el caso de Nino, la sociedad argentina) configura un conjunto social anómico.
Para hacernos más entendibles diremos cristianamente que la Anomia se constituye en la medida que exista una tendencia odiosa y marcada en los ciudadanos de violar las normas sociales —no así las leyes, por tanto esto constituiría, más que Anomia, delito (aunque, naturalmente con algo se empieza)—.
Ahora bien, si analizamos detenidamente las conductas que caracterizan al venezolano común en su modo diario de conducirse por el territorio de la República, en el cuidado de los espacios públicos y su particular facilidad para evadir ciertas responsabilidades cívicas, afirmaremos, tal y como hiciere Nino en el caso argentino, que la población venezolana contiene el germen de la sociedad anómica. Llegar por este peculiar proceder del venezolano a sentir vergüenza de cumplir con las normas de conducta a riesgo de ser calificado de pendejo, encierra el antivalor de buscar igualarse a los demás ciudadanos en la abierta y muy franca violación de lo socialmente establecido. Bien sea quebrantando el orden de una cola bancaria ante el apuro personal, lanzando desperdicios a la calle sin atisbo de remordimiento o imponerse de cierta cualidad de divo al llegar a un lugar sin saludar a nadie, el venezolano promedio tiene su atención centrada más en saltarse la cerca de la norma que pasar por su vereda.
Dentro de una Anomia rayana en la delincuencia, conocido es el tránsito vehicular de muchas ciudades del país en las que cada conductor lleva las riendas de su corcel metalizado como mejor le venga en ánimo, así como sabido es el problema de la basura en que se ahoga la Gran Caracas, al igual que muchos otros problemas, configurando lo que Nino llama un comportamiento chicanero: aquel que se da cuando el individuo aprovecha los intersticios de la norma para la satisfacción de fines personales.
Antes de que aparezca algún erudito a mostrar de ejemplo de Anomia a la desobediencia civil, prudente es destacar que para poder catalogar una conducta de anómica la misma debe tener por resultado la concreción de un daño o perjuicio para la colectividad a cualquier plazo. Eso nos da pie de igual modo a marcar distinción entre una manifestación pacífica y esas protestas que no hacen otra cosa que colapsar el tráfico y evitar que las gentes de bien puedan llegar a sus puestos de trabajo. En términos sencillos, el querer generalizado de hacer lo que nos inspire la sublime, realísima y regalada… voluntad, llevándonos por delante normas sociales y algunas veces jurídicas, nos convierte en factores de una sociedad eminentemente anómica.
Por fortuna para estas malas costumbres nuestras existe gran variedad de soluciones, algunas drásticas y a corto plazo; otras más delicadas y de largo alcance, pero sin duda la práctica que en nuestro país ha demostrado mayor efectividad frente a la Anomia ha sido la de llevarnos arreados a todas partes, y no sólo con cartelitos con los que la gente termina limpiándose… la conciencia, sino con verdaderas barreras que obligan a los ciudadanos a respetar la norma a cualquier costo, como el ejemplo de los asientos de las placitas con tubos transversales para evitar que la gente se acueste sobre ellos, el cercado de espacios verdes para que no se pise la grama, o tal y como sucede en mi ciudad, la ubicación de un policía de tránsito en cada esquina para que la gente sea menos descarada al conducir su vehículo.
La tendencia que describimos en el párrafo anterior, no sin pesar la vemos como propuesta de solución a la crisis social en los planes de gobierno de muchos candidatos a alcaldes y gobernadores, lo que nos conduce a preguntarnos ¿Realmente es necesario llegar a este extremo para que de la obligación nazca en todos la costumbre de cumplir y hacer cumplir las normas? Cuestión de involución… quizá…

