Area 59, Política y Economía

Cuestión de memoria…

“Indocti discant, et ament meminisse periti”
(Charles Jean François Hénault d’Armorezan).

En los largos años de la era chavecista se han producido situaciones que a muchos personajes conviene olvidar; esos momentos que de ninguna manera aparecerían en Globovisión en “Ud. lo vio”, y que aún buscando su referencia en la Internet parece que ya nadie los recuerda o, sencillamente, nunca pasaron.

Por fortuna —y para la vindicta del historiador decente— siempre hay quien de manera un tanto odiosa se tome la tarea de aliviar la amnesia colectiva y poner a la vista aquellos tiempos gloriosos en los que muchos miembros de la hoy dirigencia de oposición coqueteaban sutilmente con el naciente gobierno de Hugo Chávez.

Para citar sólo algunos actos de esta obra histórica conviene recordar un interesante episodio en la sede en el extinto Congreso de la República de Venezuela: Hugo Chávez, para esa oportunidad trajeado a la moda que le indicaban los medios y demás financistas, anunciaba el cercano fallecimiento de la Constitución de 1961 a través de la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente. Franqueando sus costados se encontraban la entonces presidenta de la Corte Suprema de Justicia, Cecilia Sosa Gómez y el joven presidente del Congreso, Henrique Capriles Radonsky. Corría el año de 1999.

Era yo apenas un pequeñajo cuando aquel hombre al que tanto se opusieron mis padres y del que pensaba que “no podía ser tan malo como lo pintaban” (cuando en efecto ha sido peor), hablaba fantasías de un futuro perfecto en el que la República pasaría a ser el paraíso terrenal con el que soñó Bolívar [mesmo]. Embelesado por su hediondez a pólvora y sangre, al pueblo le importó poco que Chávez concretase su “por ahora” finalmente, luego de siete años, con un gran golpe al sistema constitucional.

El lector que rememora con mis letras deberá traer para sí la verdad histórica de que la Constitución de 1961 contemplaba para cualquier cambio en su contenido única y exclusivamente las figuras de la enmienda y la reforma constitucional. No existía en el ordenamiento jurídico venezolano otra posibilidad de cambiar la estructura del Estado, ni su base normativa ni su esencia, de no ser por alguna de esas dos vías. Si existía tal cosa como un fundamento constitucional para el Poder Constituyente, éste solamente lo había en la torcida mente de los ideólogos del chavecismo neonatal. Por su parte el artículo 250 de la Constitución de 1961 resultaba prístino a este respecto, por lo que cito:

“Art. 250. Esta Constitución no perderá su vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o fuere derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone. En tal eventualidad, todo ciudadano, investido o no de autoridad, tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia. Serán juzgados según esta misma Constitución y las leyes expedidas en conformidad con ella, los que aparecieren responsables de los hechos señalados en la primera parte del inciso anterior y asimismo los principales funcionarios de los gobiernos que se organicen subsecuentemente, si no han contribuido a restablecer el imperio de esta Constitución. (…)”. (Negrillas y cursivas mías).

Pero ante el descalabro que significaba que Hugo Chávez se estrenara en violaciones constitucionales investido de la majestad presidencial, y muy especialmente ante la advertencia clara del artículo 250 precitado, nadie dijo nada. Salvo uno que otro aguafiestas, nadie dijo nada. Algunos durante el anuncio de la Constituyente se limitaban a asentir con la cabeza cuando el nóvel líder les refería alguna cosa; como aquella vez en la que en un acto oficial en el Paseo Los Próceres dijo: “Yo también robaría si mis hijos estuviesen pasando hambre ¿NO ES ASÍ, DOCTORA SOSA?” —Y la Doctora Sosa prestó el oído y la obediencia—.

Posterior a todo se celebró el referéndum consultivo sobre la nueva Constitución, hija mal engendrada del proceso Constituyente, mal llamada bolivariana, y aprobada por la mayoría de votos que barnizó de legitimidad el capricho prematuro del princeps.

Volviéndome a los personajes de esta trama, debo confesar que dentro de mi particular modo de ver la existencia terrenal conservo un residual respeto por la gente que arrodilla su dignidad y su pensamiento a los clamores de su estómago; en ese sentido puedo entender, bien que no justificar, el silencio de muchos en aquel tiempo. Se arriesgaban cargos, salarios e imágenes importantes si se decía alguna cosa contra los antojos del recién instalado mandatario, que gozaba de una gran popularidad y de la adulación servil de muchos “virtuosos” que hoy por resentimiento o por no perder su espacio en política le hacen disidencia.

Estos mudos cómodos de ayer se han convertido hoy en grandes oradores por la defensa de la Constitución y las leyes de la República; al modo del mejor teatro sirven de plañideras del clamor público en contra de la tiranía, y el pueblo los recibe con el desconocimiento de una juventud que empezó a entender el problema tristemente hace muy poco, y la inconstancia de una adultez que olvidó muy pronto.

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