El nuevo trato oficial y las nuevas fórmulas diplomáticas
02 Febrero de 2009 por Alejandro Morales-Loaiza - 8:49 am

“Sólo se dará el trato oficial de ciudadano o ciudadana; salvo las fórmulas diplomáticas”.
Numeral cuatro del artículo 21 de la Constitución Nacional de 1999.
Probablemente sin proponérselo, Hugo Chávez con su arribo a la Presidencia de la República y mediante la gloria de su verbo encendido, hubo de provocar en los venezolanos una revolución chabacana de palabras y dicterios que, distintamente de su “revolución bolivariana”, cada día es seguida por más y más personas a lo largo del territorio y algunas vecindades.
Bajo el ánimo de confrontación, las fórmulas empleadas para referirse a uno u otro bando en boca del mandatario manifiestan una gran panoplia de denuestos para el opositor, así como de términos lisonjeros y adulantes para el seguidor.
Pero aunque es cosa que debería ser exclusiva de alguien con la extravagancia cultural de un militar de rango medio y de origen humilde, su particular modo de expresarse se ha extendido curiosamente a propios y extraños de la vida pública que, estando seguros de la popularidad de este nivel de comunicación, imitan fielmente al líder al momento de dirigirse al colectivo vía palabra hablada o palabra escrita.
En el ambiente post-guapachoso de 2001, cuando empezaban muchos a manifestar el descontento por un régimen que les engañó cual seductor veterano, y acostumbrados ya a las inelegancias verbales del Presidente —como aquella del 14 de febrero de 2000 (¡Esta noche te doy lo tuyo!)—, a los prematuros marchistas les cayó el leve rocío corporal de ser calificados de “escuálidos”, lo que se convertiría en una especie de sello indeleble durante los años que siguieron a la crisis política.
De ahí el resto es Historia. Cada ocurrencia de uno u otro bando en materia de insultos es asumida con humor y complacencia por buena parte de la población; a “escuálido” le salió en contrapartida el peyorativo “chavista” (lo correcto es chavecista), los grupos empezaron a llamarse “hordas” o “marchitas”, pasando por miles de ejemplos como el de “oligarcas” y “boliburgueses”, hasta llegar a los más modernos como “pitiyanqui”, “pitiyanquito” y “piticubanito”. Todo esto traído a colación por no citar los calificativos folclóricos que al punto guarda siempre el Presidente para con sus homólogos a nivel mundial, dependiendo de su simpatía, y tanto menos de las innumerables palabras que le adjudican alegremente a Chávez los “jalabolas” y los “vendepatria”, los “cachorros del imperio” y los “chulos del bolivarianismo”. Por un lado, unos le apuntan el término de “Comandante”, otros el título de “Líder Continental”, y los más serviles le ubican cercano a una antigua deidad solar. Por otra parte, por su efigie y personalidad simiesca, los miembros de la oposición califican a Chávez de “Macaco”, “Mico”, “Gorila”, etcétera, además de “Orate”, “Loco”, “Chacumbele”, “Miloquevic”, y muchos otros remoquetes que, por conservar el decoro en esta reflexión, no me permitiré indicar. A este tiempo debo confesar que incluso yo me doy la libertad a veces de llamarlo “Mi Comediante”, no sin un dejo de cariño, en franco sucumbir ante la tentación de mi pluma imprudente.
Lo descrito anteriormente sólo intenta destacar uno de los varios indicativos del nivel al cual se ha rebajado el debate político en Venezuela, reducido en muchos casos a las animosidades viscerales de oficialistas y opositores y muy visto con asombro en disertaciones recientes. La pérdida del respeto por la propia y ajena personalidad conduce poco a poco a las manifestaciones de odio que tienen por culmen actos bochornosos como el ataque a la Sinagoga de Maripérez, y aún más allá, pero no muy lejos, a la guerra civil. Por fortuna de momento este irrespeto se filtra bien en el tradicional carácter humorístico e irreverente del venezolano común, empero, no obstante esta aseveración, necesario es verse prevenido de que, ante el abuso de insultos, poco a poco se nos puede ir empujando a una irremediable confrontación por aquellos que detentan el poder y a los que la ira les dicta las palabras: esos peligrosos hombres de los que uno no se puede reír.
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