Las cosas que nos igualan
27 Noviembre de 2008 por Alejandro Morales-Loaiza - 12:07 pm

He sido partidario desde mi origen de la desigualdad natural entre las personas. En todo momento, en todo lugar, siempre hay alguien que está abajo y alguien que está arriba, alguien bien y alguien mal. Resume lo que yo llamo la cáustica y dialéctica de la existencia terrenal.
Muy consciente de la diferenciación nomológica entre seres humanos, por lo general me he manifestado renuente de seguir cualquier intento vacío de uniformarnos en alguna tendencia o idea. Si se piensa en las modas o en los criterios surgidos de la publicidad, en las manifestaciones que pretenden definir el buen gusto o transformarnos en autómatas y recientemente orientadas a hacer ver normal lo anormal, procuro optar por declararme siempre partidario de la distinción.
Pero fuera de todo esto, y curiosamente por ser la desigualdad una cuestión de ley universal, esas pequeñas cosas por las que de manera sublime y espontánea durante algunos instantes nos hacemos pares en un sentimiento o voluntad, despiertan en mí el mayor entusiasmo.
Luego de este prolongado exordio probablemente exista algún lector que se pregunte sobre el centro de mi reflexión de hoy. Quizá mientras la duda le distrae está pasando por alto la coloración violácea de su dedo meñique que parece iluminarle un tanto la diestra. A partir del día domingo un número importante de venezolanos llevamos con orgullo esta marca que nos iguala en la fe por la democracia.
Desde el más humilde trabajador hasta el acaudalado empresario, dirigentes y partidarios, gobernantes y gobernados, incluso usted y yo, nos hemos hecho ligeramente similares en una de las mayores demostraciones de civismo que ha visto la era chavecista en Venezuela: la imposición y defensa del voto como la máxima expresión del ánimo popular por encontrar salida a la crisis política en nuestro país.
Salvo algunos altercados dispersos y una que otra protesta por presunto fraude, las elecciones se celebraron sin pena, pero con mucha gloria entre los venezolanos, quienes salieron a votar, regresaron a sus casas y esperaron pacientemente por los resultados. Dentro la ayuda que me tomé la libertad de prestar a mi centro de votación en la garantía de un proceso transparente, mi sentimiento de utilidad al formar parte de un ideal superior en una labor modesta sólo fue superado por el júbilo al mostrar mi señal de haber sido fiel a mis compromisos con la democracia, la misma marca que le vi esta mañana a los que madrugan para trabajar, la marca que me hizo sentir grande como ellos.
Importante ahora es que tanto oposición como oficialismo asuman sin displicencia esta gran lección que ha dado la nación en los recientes comicios, observando especialmente que algunas veces no resultamos tan distintos por un lado y… no tan invulnerables… por otra parte. No obstante la satisfacción debo insistir en que el ejercicio del voto en Venezuela es cuestión perfectible; sigue siendo nuestra meta hacernos una democracia decente, y el día domingo se dio un primer paso. Un paso corto, pero sin duda un paso hacia delante.
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